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Para entrar al infierno hay que pasar por Barcelona
Octubre 12, 2017
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Hay obras que marcan la vida de un artista. A Miguel la Capilla Sixtina, a Leonardo la Gioconda, a Picasso el Guernica y a Gustave Rodin (París, 1840-Meudon, 1917) fue su Puerta del infierno, un encargo de 1880 del gobierno francés para ponerle puertas a un futuro museo de Artes Decorativas de París y que acabó siendo una obra que ha influido en la evolución de la escultura y de las artes de todo el siglo XX. La puerta no llegó nunca a instalarse ni fundirse en vida de Rodin, y su compleja iconografía que incluye más de un centenar de esculturas, algunas de ellas icónicas como El beso y El pensador, acabaron teniendo vida propia más allá de su primigenio lugar. El escultor, del cual se cumple el centenario de su fallecimiento, plasmó en la puerta la visión del infierno que tenían Dante y Baudelaire. Este trabajo protagoniza la exposición El infierno según Rodin, que abre sus puertas en la Fundación Mapfre de Barcelona hasta el próximo enero.
La puerta no ha podido viajar a Barcelona desde el Museo Rodin de París por ser una pieza frágil, muy frágil, pero sí lo han hecho hasta 150 piezas y conjuntos escultóricos, además de muchos de los dibujos preparatorios y anotaciones que realizó Rodin a lo largo de los años. ?La puerta fue un laboratorio de ideas que muestra el proceso creativo de Rodin y aporta luz a toda la obra del escultor?, explicó Pablo Jiménez, director de Cultura de la Fundación Mapfre, junto a Catherine Chevillot, directora del museo de París, el centro de donde proceden todas las piezas y que se han estudiado en los últimos diez años. Según Chevillot la obra es un ?imaginario del destino humano y una meditación sobre la historia de la humanidad, muy común en el siglo XIX?.

Rodin debía ser un hombre perfeccionista. De hecho, explicó Chevillot, pocas veces daba por acabadas las obras que le encargaron toda su vida. La Puerta del infierno tardó 20 años en mostrarlas. Fue en 1900 en la Exposición Internacional de París, aunque lo hizo sin montar los grupos escultóricos en la arquitectura. Desde ese año hasta que falleció en 1917 el escultor no prosiguió trabajando para acabar su obra sino que se dedicó a deconstruirla e individualizar cada uno de los grupos y darles vida propia y valor autónomo. Entre ellos el sensual El beso y el impactante El pensador, que coronaba el tímpano plano de la puerta, pero también Ugolino y sus hijos, La Danaide y Las sombras.
La figura de este hombre que piensa sentado se ha convertido en la representación de la duda y la meditación. Representaba a Minos, el juez infernal que juzga a los condenados que se le paran delante, pero con los años acabó siendo la imagen del propio Dante, el padre de la Divina Comedia, que medita sobre su obra en el interior del infierno y que inspiró al escultor al comienzo. Luego su inspiración la obtuvo de Las flores del mal, de Charles Baudelaire, para el que el infierno no era algo de más allá sino ?la vida contemporánea en las ciudades posindustriales?, explicó Chevillot, que resaltó la importancia del dibujo previo en las esculturas del francés.

El cambio de inspiración hizo, según Chevillot que se pasara de intentar seguir una tradición renacentista de cuarterones de puertas como del paraíso de Lorenzo Ghiberti para el baptisterio de Florencia a acabar ?desdibujando los batientes de los cuarterones, y las figuras se entremezclaran en un solo espacio?, llegando a formar, según la experta una ?escultura líquida?.
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