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Arquitectas que abrieron puertas
Septiembre 22, 2017
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El testimonio de cualquier pionero es fundamental para poder escribir la historia ya que, curiosamente, es el contexto más que los hechos lo que termina por describir las épocas. Así, las palabras y los recuerdos de las arquitectas gallegas pioneras Elena Arregui, Milagros Rey, Myriam Goluboff, María Jesús Blanco, Julia Fernández de Caleya, Pila Rojo o Teresa Táboas son importantes tanto por lo que revelan en singular como por lo que representan en plural. En singular describen las dificultades y los logros de mujeres con sobresaliente capacidad intelectual, enorme inquietud y notables posibilidades económicas. En plural, dibujan una época en la que en algunas academias no se preparaba a las mujeres para el examen de ingreso en la Escuela ?porque ni trabajan ni dejan trabajar?. Lo cuenta Elena Arregui Cruz-López, una de las ocho proyectistas entrevistadas por María Carreiro y Cándido López para el libro Arquitectas pioneras de Galicia (Universidade Da Coruña).

Vaya por delante que las ocho mujeres retratadas en este libro, a partir de sus propias declaraciones, fueron o son personas privilegiadas. Les costó llegar a ser arquitectas pero en su contexto existía la posibilidad de serlo. Lógico es entonces que la discriminación que vivieron les pudiera parecer a veces, y sólo a algunas, anecdótica o algo alejado de su vida. No por ello dejaba de ser algo habitual, y no exclusivo de la arquitectura, en un tiempo en el que al propio padre de Rita Fernández Queimadelos lo desheredaron al quedar huérfano con 12 años. Eso sí, el hombre llamó La Modernista a la mercería que montó en Ourense.

La figura de Matilde Ucelay, la primea arquitecta española, está detrás de varias de estas mujeres que no aceptaron no como respuesta. Sucedía en un tiempo en el que eran las abuelas las que debían convencer a los padres (a la figura paterna), como le sucedió a Fernández. Pero también fue una época de jóvenes tenaces y seguras: ?Me puse dos condiciones: no perder los veranos y acabar la carrera de piano? -dice Elena Arregui como si estudiar arquitectura fuera un capricho o una distracción de sus objetivos vitales- . Arregui recuerda una carrera completa en la que los arquitectos que ganaban concursos no impartían docencia y ellas se autoformaban, como ellos, con las revistas.

Milagros Rey fue a la vez arquitecta municipal y jefe de bomberos. Su padre, proyectista también, se negó en redondo a que ella estudiara arquitectura: ?tenía miedo a que me ocurriese un accidente y me lastimase en una obra?. No era exceso de cautela, la preocupación de su padre delataba un problema fundamental en las obras: no había medidas de seguridad.
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